Isaías y la Iglesia de los Últimos Días

Una hermana me comentó un sueño que tuvo. En el sueño alguien le mencionaba un versículo bíblico, Isaías 6:6, aunque en el sueño ella no sabia que decía ese pasaje, se negó a aceptar que fuera para ella. Cuando despertó se sintió muy inquieta por conocer que decía el pasaje bíblico y se fue a la biblia a leerlo, dice:

La hermana me pregunto si tenía más información sobre ese capítulo, y buscando en el comentario bíblico adventista encontré la siguiente información tan importante para la iglesia remanente o para aquellos que deseamos pertenecer a la iglesia remanente, la de los últimos días.

Comentarios de Elena G. de White

Isa_6:1-7 (Rev_11:19). La experiencia de Isaías representa a la iglesia de los últimos días.-
[Se cita Isa_6:1-4.] Mientras el profeta Isaías contemplaba la gloria del Señor, quedó asombrado y abrumado por el sentimiento de su propia debilidad e indignidad, y exclamó: “¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos”.
Isaías había condenado los pecados de otros; pero ahora se vio a sí mismo expuesto a la misma condenación que había pronunciado contra ellos. En su culto a Dios se había contentado con tina ceremonia fría y sin vida. No se había dado cuenta de esto hasta que recibió la visión del Señor. Cuán pequeños le parecieron entonces sus talentos y su sabiduría al contemplar la santidad y majestad del santuario [celestial]. ¡Cuán indigno era! ¡Cuán incapaz para el servicio sagrado! “forma en que se vio a sí mismo podría expresarse en el lenguaje del apóstol Pablo: ¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?” (Rom_7:24).
Sin embargo, se envió alivio a Isaías en su angustia. [Se cita Isa_6:6-7.]…
La visión que le fue dada a Isaías representa la condición del pueblo de Dios en los últimos días. Este tiene el privilegio de ver por fe la obra que se está realizando en el santuario celestial: “Y el templo de Dios fue abierto en el cielo, y el arca de su pacto se veía en el templo”. Mientras el pueblo de Dios mira por fe dentro del lugar santísimo, y ve la obra de Cristo en el santuario celestial, percibe que es un pueblo de labios inmundos; y pueblo cuyos labios con frecuencia han hablado vanidad, y cuyos talentos no han sido santificados y usados para la gloria de Dios. Bien podría desesperarse al contrastar su propia debilidad e indignidad con la pureza y el encanto del glorioso carácter de Cristo. Pero si lo desea, recibirá como Isaías la impresión que el Señor quiere hacer en el corazón. Hay esperanza para él si quiere humillar su alma ante Dios. El arco de la promesa está por encima del trono, y la obra hecha para Isaías se hará para el pueblo de Dios. Dios responderá a las peticiones que se eleven de los corazones contritos (RH 22-12- 1896).
Isaías recibió una maravillosa visión de la gloria de Dios. Vio la manifestación del poder de Dios, y después de haber contemplado su majestad recibió el mensaje de ir y realizar cierta obra; pero se sintió completamente indigno para ella. ¿Qué hizo que se considerara indigno? ¿Pensó que era indigno antes de tener la visión de la gloria de Dios? No. Se imaginaba que era recto delante de Dios; pero cuando se le reveló la gloria del Señor de los ejércitos, cuando contempló la inexpresable majestad de Dios, dijo: “¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos Y voló hacia mí uno de los serafines, teniendo en su mano un carbón encendido, tomado del altar con unas tenazas; y tocando con él sobre mi boca, dijo: He aquí que esto tocó tus labios, y es quitada tu culpa, y limpio tu pecado”. Como seres humanos, ésta es la obra que necesitamos que se haga por nosotros. Necesitamos que el carbón encendido tomado del altar sea colocado sobre nuestros labios. Necesitamos escuchar las palabras: “Es quitada tu culpa, y limpio tu pecado” (RH 4-6-1889).

Isa_6:1-8 La gloria de la Shekina* revelada a Isaías.-
Cristo mismo era el Señor del templo. Cuando lo abandonara, desaparecería su gloria: esa gloria que una vez fue visible en el lugar santísimo, sobre el propiciatorio, donde el sumo sacerdote sólo entraba una vez en el año, en el gran día de la expiación, con la sangre de la víctima sacrificado (símbolo de la sangre del Hijo de Dios derramada por los pecados del mundo), y la asperjaba sobre el altar. Esta era la Shekina: la habitación [movible, temporal y] visible de Jehová.
Fue esta gloria la que se reveló a Isaías, cuando dijo: “En el año que murió el rey Uzías vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo” [se cita Isa_6:1-8] (MS 71, 1897).

Una visión de la gloria lleva a una convicción genuina de indignidad.-
En el año en que murió el rey Uzías se le permitió a Isaías que mirara en visión dentro del lugar santo y dentro del lugar santísimo del santuario celestial. Fueron abiertas las cortinas del compartimiento interior del santuario, y pudo contemplar la revelación de un trono alto y sublime que se alzaba, por así decirlo, hasta los mismos cielos. Una gloria indescriptible emanaba de un personaje que ocupaba el trono, y sus faldas llenaban el templo así como su gloria finalmente llenará la tierra. Había querubines a cada lado del propiciatorio, como guardianes alrededor del gran rey, y resplandecían con la gloria que los envolvía procedente de la presencia de Dios. A medida que sus cantos de alabanza resonaban con profundas y fervientes notas de adoración, se estremecieron los quiciales de las puertas como si hubieran sido sacudidos por un terremoto. De estos seres santos brotaban la alabanza y la gloria a Dios con labios sin contaminación de pecado. El contraste entre la débil alabanza que había estado acostumbrado a elevar al Creador y las fervientes alabanzas de los serafines, asombró y humilló al profeta. En ese momento tenía el sublime privilegio de apreciar la inmaculada pureza del excelso carácter de Jehová.
Mientras escuchaba el canto de los ángeles que clamaban “Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos, toda la tierra está llena de su gloria”, la gloria, el poder infinito y la insuperable majestad del Señor pasaron ante su visión, y su alma fue impresionada. A la luz de ese resplandor sin par que puso de manifiesto todo lo que podía soportar de la revelación del carácter divino, se destacó ante él con asombrosa claridad su propia contaminación interior. Sus propias palabras le parecieron viles.
Cuando al siervo de Dios se le permite que contemple la gloria del Dios del cielo, cuando el Eterno se quita su velo ante la humanidad, y el hombre comprende aunque sólo sea en pequeñísima medida la pureza del Santo de Israel, hará también sorprendentes confesiones de la contaminación de su alma antes que jactarse con altivez de su propia santidad. Isaías exclamó con profunda humillación: “¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios… han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos”. Esta no es esa humildad voluntaria y ese servil remordimiento de conciencia que tantos parecen manifestar como si fuera una virtud. Ese vago remedo de humildad brota de corazones llenos de orgullo y autoestimación. Hay muchos que se rebajan a sí mismos con palabras, pero al mismo tiempo se sentirían chasqueados si este proceder suyo no produjera expresiones de alabanza y aprecio de otros. Pero la contrición del profeta era genuina. Se sintió completamente insuficiente e indigno cuando la humanidad, con sus debilidades y deformidades, fue puesta en contraste con la perfección de la santidad, de la luz y la gloria divinas. ¿Cómo podía ir y presentar al pueblo los santos requerimientos de Jehová, que era alto y sublime y cuyas faldas llenaban el templo? Mientras Isaías estaba temblando y su conciencia lo acusaba debido a su impureza en la presencia de esa gloria insuperable, dijo: “Y voló hacia mí uno de los serafines, teniendo en su mano un carbón encendido, tomado del altar con unas tenazas; y tocando con él sobre mi boca, dijo: He aquí que esto tocó tus labios, y es quitada tu culpa, y limpio tu pecado. Después oí la voz del Señor, que decía: ¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros? Entonces respondí yo: Heme aquí, envíame a mí” (RH 16-10-1888).

Isa_6:2 Los ángeles se sienten plenamente satisfechos de glorificar a Dios.-
Los serafines delante del trono están tan llenos de temor reverente al contemplar la gloria de Dios, que ni por un instante sienten complacencia propia, o se admiran a sí mismos o unos a otros. Su alabanza y gloria son para el Señor de los ejércitos, que es alto y sublime y cuyas faldas llenan el templo. Al contemplar el futuro, cuando toda la tierra se llenará con la gloria divina, el canto triunfante de alabanza resuena de uno a otro en cantos melodiosos: “Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos”. Están plenamente satisfechos de glorificar a Dios; y en la presencia divina, aprobados por la sonrisa de Dios, no desean nada más. Su más excelsa ambición se realiza plenamente al llevar la imagen divina, al estar al servicio de Dios y al adorarlo (RH 22-12-1896).

Isa_6:5-7 (Mat_12:34-36). Considerad las palabras a la luz del cielo.-
Que cada alma que declara ser hijo o hija de Dios se examine a sí misma a la luz del cielo; que considere los labios inmundos que la harán exclamar: “Soy muerta”. Los labios son el medio de comunicación. [Se cita Mat_12:34-35.] No los uséis para sacar del tesoro del corazón palabras que deshonren a Dios y desanimen a los que os rodean, sino usados, para la alabanza y gloria de Dios que los creó con ese propósito. Cuando se aplique el carbón purificador del altar resplandeciente, la conciencia quedará purificada de obras muertas y servirá al Dios viviente; y cuando el amor de Jesús sea el tema de meditación, las palabras que procedan de los labios humanos estarán llenas de alabanza y agradecimiento a Dios y al Cordero.
¡Cuántas palabras son pronunciadas con liviandad y necedad, en forma de chanzas y de bromas! Esto no sucedería si los seguidores de Cristo comprendieran la verdad de las palabras: “De toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio. Porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado”.
Los que afirman que son hijos de Dios se permiten usar palabras ásperas y despiadadas, palabras de censura y crítica a la obra de Dios y a sus mensajeros. Cuando esas almas descuidadas disciernan la grandeza del carácter de Dios, no mezclarán su propio espíritu y sus propios atributos con el servicio divino. Cuando nuestros ojos miren por fe dentro del santuario y admitan la realidad, la importancia y la santidad de la obra que allí se está haciendo, aborreceremos todo lo que sea de naturaleza egoísta. El pecado aparecerá tal como es: la transgresión de la santa ley de Dios. Se entenderá mejor la expiación, y mediante una fe viviente y activa veremos que cualquier virtud que posea la humanidad sólo existe en Jesucristo, el Redentor del mundo (RH 22-12-1896).

Isa_6:5-8 Cuando uno está dispuesto a trabajar con Dios, lleva un mensaje.-
Isaías tenía un mensaje del Dios del cielo para darlo al apóstata pueblo de Israel, y le dio ese mensaje. Sabía con qué elementos tenía que tratar; conocía la obstinación y perversidad del corazón, y cuán difícil sería impresionarlos. El Señor se le reveló cuando estaba en el pórtico del templo. Fue abierto el velo del templo, la puerta fue alzada, y tuvo una visión del lugar santísimo dentro del velo. Vio al Dios de Israel ante el trono alto y sublime y sus faldas que llenaban el templo. Cuando Isaías comprendió su propia pecaminosidad, clamó: Soy “hombre inmundo de labios” y habito “en medio de pueblo que tiene labios inmundos”. Y se vio la mano que tomó el carbón encendido del altar, le tocó los labios y lo proclamó limpio. Entonces estuvo listo para ir con el mensaje, y dijo: “Envíame a mí”, porque sabía que el Espíritu de Dios estaría con el mensaje.
A los que se ocupan en la obra de Dios en la conversión de las almas, les parecerá como si fuera imposible alcanzar al corazón obstinado. Así se sintió Isaías, pero cuando vio que había un Dios por encima de los querubines y que éstos estaban listos para trabajar con Dios, estuvo dispuesto a llevar el mensaje (RH 3-5-1887).

Isa_6:6 El carbón encendido simboliza pureza y poder.-
El carbón encendido es símbolo de purificación. Si toca los labios, ninguna palabra impura saldrá de ellos. El carbón encendido también simboliza la potencia de los esfuerzos de los siervos del Señor. Dios odia toda frialdad, toda vulgaridad, todos los esfuerzos ordinarios. Los que trabajen aceptablemente en su causa deben ser hombres que oren fervientemente y cuyas obras sean efectuadas con Dios; y nunca tendrán por qué avergonzarse de su registro. Tendrán plena entrada en el reino de nuestro Señor Jesucristo, y se les dará su recompensa: la vida eterna (RH 16-10- 1888).


*La gloria de Dios se revelaba “entre los querubines” que estaban sobre el propiciatorio o cubierta del arca, y desde allí le “hablaba” a Moisés (Exo_25:18-22; Psa_80:1; Isa_37:16; Num_7:89). Posteriormente Dios se manifestó por medio de la shekina o gloria simbólica de su presencia divina (Exo_40:34-35). Shekina, término rabínico que no se encuentra en la Biblia, deriva de shakan “lugar para vivir”, y se la usaba para expresar la cercanía solemne de Dios. Esta presencia, se amplia al máximo en el NT con la aparición de Jesús: “Y aquel verbo [Cristo] fue hecho carne y habito entre nosotros y vimos su gloria, gloria como el unigénito del padre, lleno de gracia y verdad.-La Redacción


Extraído del Comentario Bíblico Adventista Tomo 4, págs. 1160-1163.

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