Cuando Dios interrumpe el camino

Meditación

Pablo salió rumbo a Damasco con la intención de apresar, encadenar y destruir a los seguidores de Cristo (Hch. 9:1-2). Sin embargo, el mismo camino que él eligió para sembrar dolor, Dios lo transformó en el escenario de su conversión (Hch. 9:3-6). Aquel perseguidor terminó entrando a la ciudad no como un vencedor orgulloso, sino como un hombre quebrantado, dispuesto a ser bautizado y convertido en un predicador incansable (Hch. 9:17-18). Esta experiencia nos recuerda que Dios puede transformar a una persona en un instante, y que a nosotros nos corresponde sembrar la semilla con fe (1 Co. 3:6).

Pero surge la pregunta: ¿por qué la mayoría de las personas no responden a una conversión como la de Pablo?

La respuesta nos conduce al corazón humano. Pablo pensaba que servía a Dios, y cuando fue confrontado con la verdad de Jesús, eligió rendirse en obediencia y arrepentimiento (Fil. 3:7-9). Muchas personas hoy escuchan el mismo mensaje, pero no quieren entregar el control de su vida al Espíritu Santo (Jn. 16:8). Existe además una lucha espiritual constante: el enemigo ciega las mentes y distrae los corazones para que no se rindan al llamado divino (Ef. 6:12; 2 Co. 4:4).

Otro factor es la libertad de elección. Dios nunca obliga a nadie a cambiar; ofrece Su gracia, pero cada persona decide si la acepta o la rechaza (Dt. 30:19). Mientras Pablo respondió con humildad, muchos prefieren resistirse, ignorar o postergar el llamado (Hch. 24:25). También debemos recordar que no todos son transformados de manera inmediata: algunos tienen una experiencia como la de Pablo, radical y repentina, mientras que otros avanzan en un proceso gradual, paso a paso, mientras se dejan guiar por el Espíritu (Jn. 3:8; Fil. 1:6).

Finalmente, Pablo mismo reconoció que su conversión no fue mérito propio, sino resultado del poder del Espíritu Santo obrando en su vida (Ro. 8:9-11). La verdadera transformación no ocurre por fuerza humana (Zac. 4:6), sino cuando se permite que Dios habite en lo profundo del corazón (Ez. 36:26-27).


Reflexión final

La historia de Pablo nos asegura que nadie está demasiado lejos del alcance de la gracia de Dios (1 Ti. 1:15-16). Él puede cambiar en un instante al más endurecido, pero también puede obrar pacientemente en quien se deja moldear día a día. Nuestra tarea no es producir el cambio, sino sembrar la semilla con fe (Mr. 4:26-28), predicar con amor y confiar en que el Espíritu Santo hará la obra (Jn. 16:13).

Así como Pablo pasó de perseguidor a predicador, también hoy Dios puede levantar de las ruinas al más perdido y convertirlo en un testimonio viviente de Su poder.

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