EL PODER DE UNA IDEA

La historia humana está llena de opresión, injusticia y abuso de poder.
Pero la Escritura enseña que la verdadera libertad no nace primero de la fuerza de las armas, sino de la fuerza de la verdad en la conciencia.

Jesús lo dijo con claridad:
“Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Jn. 8:32).
Y también: “Si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres” (Jn. 8:36).

Por eso, cuando hablamos de libertad desde el evangelio, no hablamos de venganza, odio o violencia. Hablamos de una liberación más profunda: la del corazón, la mente y la conciencia delante de Dios.


Los poderes de este mundo suelen pensar que todo se resuelve por control, presión y fuerza.
Pero Cristo mostró otro camino.

Él no levantó ejércitos humanos.
No llamó a la revancha.
No impuso la fe por decreto.
Su reino no avanzó por espada, sino por verdad, amor y sacrificio (Jn. 18:36; Mt. 26:52).

Y, sin embargo, ese Reino transformó vidas, hogares y sociedades enteras.

Cuando una idea espiritual es realmente de Dios, la persecución no la destruye; muchas veces la purifica y la expande.
Eso pasó con la iglesia apostólica (Hch. 4:18-20; Hch. 5:29-32).


La gran tragedia del cristianismo llegó cuando se mezcló el poder espiritual con la coerción civil.
Cuando la iglesia dejó de convencer por la Palabra y comenzó a depender de la fuerza del Estado, perdió el espíritu de Cristo.

La profecía advierte precisamente sobre esto:
una alianza entre poder religioso y poder político para imponer la conciencia (Ap. 13:11-17; Ap. 17:1-6).
La Biblia no presenta esa unión como victoria del Cordero, sino como señal de apostasía.

Elena de White advirtió repetidamente que, cuando la religión busca sostenerse en el brazo civil, deja de reflejar el carácter de Cristo.
Y el Comentario Bíblico Adventista, al exponer Apocalipsis 13 y 17, resalta que el conflicto final gira alrededor de adoración, lealtad y libertad de conciencia, no de superioridad militar.


Apocalipsis también muestra que Dios tendrá un pueblo final.
Un pueblo que no se define por violencia, sino por fidelidad.

Ese pueblo proclama el evangelio eterno (Ap. 14:6).
Llama a adorar al Creador (Ap. 14:7).
Advierte contra Babilonia y sus engaños (Ap. 14:8; 18:1-4).
Y persevera en obediencia y fe:
“Aquí está la paciencia de los santos, los que guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús” (Ap. 14:12).

No es un ejército carnal.
Es un pueblo espiritual.

No usa odio.
Usa verdad.

No opera por manipulación.
Opera por convicción.

No conquista territorios.
Conquista corazones para Cristo.


Pero ese pueblo no se forma con emociones pasajeras.
Se forma en el altar diario.

Se forma en la oración secreta.
Se forma en el estudio serio de la Palabra (2 Ti. 3:16-17).
Se forma en la obediencia en lo pequeño (Lc. 16:10).
Se forma en la renuncia al yo (Lc. 9:23).
Se forma en comunidad, con humildad, corrección y misión (Ef. 4:11-16).

Por eso necesitamos creyentes que piensen.
No para alimentar orgullo intelectual, sino para afirmar una fe bíblica, madura y firme (1 P. 3:15).
Dios no busca fanáticos sin discernimiento, sino discípulos llenos del Espíritu y de la Palabra.


También debemos decir algo importante:
ser fieles a Cristo nunca significa despreciar su iglesia.

Cristo es la Cabeza, y la iglesia es su cuerpo (Ef. 1:22-23).
Primero lealtad a la Persona de Cristo, sí.
Pero esa lealtad se expresa en amor, servicio y responsabilidad dentro de su pueblo (Heb. 10:24-25; 1 Co. 12:12-27).

El problema no es la organización en sí.
El problema es cuando cualquier estructura humana reemplaza la voz de Dios, o cuando el éxito visible se vuelve más importante que la santidad.

La misión no es fabricar estadísticas para impresionar.
La misión es preparar un pueblo para encontrarse con Jesús (Mal. 3:1-3; Ap. 19:7-8).


Hoy, más que nunca, necesitamos recuperar la Idea original del evangelio:

  • Cristo en el centro (Col. 1:27).
  • Verdad con amor (Ef. 4:15).
  • Obediencia nacida de la fe (Ro. 1:5).
  • Santidad práctica (1 P. 1:15-16).
  • Libertad de conciencia sin coerción (2 Co. 3:17).
  • Testimonio claro en medio de la presión final (Ap. 12:11).

No hemos sido llamados a ganar discusiones.
Hemos sido llamados a reflejar a Jesús.

No hemos sido llamados a imponer religión por poder humano.
Hemos sido llamados a anunciar el evangelio eterno con poder del Espíritu Santo.

No hemos sido llamados a acomodarnos al espíritu del siglo.
Hemos sido llamados a permanecer de pie cuando muchos cedan por conveniencia, temor o ventaja.


Que Dios nos conceda, en este tiempo solemne, una fe inteligente, una conciencia limpia y un amor inquebrantable por la verdad.

Que nos haga un pueblo que piense, ore, estudie, obedezca y testifique.

Y que, cuando todo sea sacudido, permanezcamos del lado del Cordero,
“fieles hasta la muerte” (Ap. 2:10),
esperando no una victoria humana, sino la gloriosa venida de nuestro Señor Jesucristo (Tit. 2:13).

Amén.

Publicación original de https://www.facebook.com/joel.barrios.167
Adaptada por LeyDominical.net

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