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Fieles hasta la muerte

Lo que leerá a continuación es el testimonio de los cristianos verdaderos por el año 70 d. C.
Profetizado para la iglesia de Esmirna y para nosotros también.

Apoc. 2:10 No temas en nada lo que vas a padecer. He aquí, el diablo echará a algunos de vosotros en la cárcel, para que seáis probados, y tendréis tribulación por diez días. Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida.

Apoc. 2:11 El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. El que venciere, no sufrirá daño de la segunda muerte.

Los versículos anteriores fueron dirigidas a la Iglesia de Esmirna. El libro de Apocalipsis fue escrito alrededor del año 96 d. C. Pero tambien, proféticamente, son pronunciadas para un período en la historia Cristiana, solo para recordar, vean la siguiente imagen.

Con respecto a la cita anterior, en la palabra PROBADOS, el comentario bíblico adventista dice lo siguiente:

Probados. CBA

O “sometidos a prueba”. Satanás los sometería a persecución para obligarlos a renunciar a su fe. Dios permitiría la persecución como un medio de fortalecer y probar la sinceridad de su fe. Aunque Satanás ruja contra la iglesia, la mano de Dios cumple su propósito. Ver Jam_1:2; Rev_2:9.

El emperador Trajano (98-117 d. C.) decretó la primera política oficial romana contra el cristianismo. En la famosa carta, dirigida a Plinio el joven (luego leeremos esta carta), su gobernador en Bitinia y Ponto en Asia Menor, Trajano trazó un procedimiento para tratar a los cristianos, que eran en ese tiempo una sociedad religiosa ilegal. Ordenó que los funcionarios romanos no habían de buscar a los cristianos, pero que si los que eran traídos ante ellos por otros delitos resultaban ser cristianos, debían ser ejecutados a menos que renegasen de su fe. Este edicto, aunque estuvo lejos de ser puesto en vigor uniformemente, permaneció como ley hasta que Constantino promulgó su edicto de tolerancia en 313 d. C.

Los cristianos estuvieron pues constantemente sujetos durante dos siglos a la posibilidad de ser súbitamente arrestados y ejecutados a causa de su fe. Su bienestar dependía en gran medida del favor de sus vecinos paganos y judíos, quienes podían dejarlos en paz o acusarlos ante las autoridades. Esto podría denominarse persecución permitida. El emperador no tomaba la iniciativa de perseguir a los cristianos, pero permitía que sus representantes y las autoridades locales tomasen dichas medidas contra los cristianos si lo creían conveniente. Esta política dejaba a los cristianos a merced de los diversos funcionarios locales bajo los cuales vivían. Los cristianos fueron atacados especialmente en tiempos de hambrunas, terremotos, tormentas y otras catástrofes, pues sus vecinos paganos creían que habían atraído la ira divina sobre todo el país porque se negaban a adorar a sus dioses.

Dios permitiría la persecución como un medio de fortalecer y probar la sinceridad de su fe.

Ahora, les dejo a continuación la Carta de Plinio a Trabajo, eso fue alrededor del año 112 d. C. Un claro testimonio de los verdaderos cristianos.

Carta de Plinio a Trajano y respuesta (s. II)

C. Plinio al emperador Trajano:

Señor, me hago una obligación de exponerte todas mis dudas. En efecto, quién mejor que tú podrá disipar mis dudas y aclarar mi ignorancia. Yo no había jamás asistido a la instrucción o a un juicio contra los cristianos, por tanto, no sé en qué consiste la información que se debe hacer en contra de ellos, ni sobre qué base condenarlos, como tampoco sé de las diversas penas a las cuales se les debe someter. Mi indecisión parte de una serie de puntos que no sé cómo resolver. ¿Debo tener en cuenta la diferencia de edades entre ellos o, sin distinguir entre jóvenes y viejos, los debo castigar a todos con la misma pena? ¿Debo conceder el perdón a aquellos que se arrepienten? Y, en aquellos que fueron cristianos, ¿subsiste el crimen una vez que dejaron de serlo? ¿Es el mismo nombre de cristianos, independiente de todo otro crimen, lo que debe ser castigado, o los crímenes relacionados con ese nombre? Te expongo la actitud que he tenido frente a los cristianos presentados ante mi tribunal. En el interrogatorio les he preguntado si son cristianos, luego durante el interrogatorio, a los que han dicho que sí, les he repetido la pregunta una segunda y tercera vez, y los he amenazado con el suplicio: si hay quienes persisten en su afirmación yo los hago matar. En mi criterio consideré necesario castigar a los que no abjuraron en forma obstinada. A los que entre estos eran ciudadanos romanos, los puse aparte para enviarlos frente al pretor de Roma. A medida que ha avanzado la investigación se han ido presentando casos diferentes. Me llegó una acusación anónima que contenía una larga lista de personas acusadas de ser cristianos. Unas me lo negaron formalmente diciendo que no lo eran más y otras me dijeron que no lo habían sido nunca.

Por orden mía delante del tribunal ellos han invocado a los dioses, quemado incienso, ofrecido libaciones delante de sus estatuas y delante de la tuya que yo había hecho traer, finalmente ellos han maldecido a Cristo, cosas todas ellas que jamás un verdadero cristiano aceptaría hacer.

Otros, después de haberse declarado cristianos, aceptaron retractarse diciendo que lo habían sido precedentemente pero que habían dejado de serlo; algunos de éstos habían sido cristianos hasta hace tres años, otros lo habían dejado hace un período más largo, y otros hasta hace más de veinticinco años. Todos estos, igualmente, han adorado tu estatua y maldecido al Cristo. Han declarado que todo su error o su falta ha consistido en reunirse algunos días fijos antes de la salida del sol para cantar en comunidad los himnos en honor a Cristo que ellos reverencian como a un dios. Ellos se unen por un sacramento y no por acción criminal alguna, sino que al contrario, para no cometer fraudes, adulterios, para no faltar jamás a su palabra. Luego de esta primera ceremonia se separan y se vuelven a unir para un ágape en común, el cual, verdaderamente, nada tiene de malo. Los que ante mí pasaron han insistido en que ya han abandonado todas esas prácticas. Luego de mi edicto que, según tus órdenes, prohibía las asambleas secretas, he creído necesario llevar adelante mis investigaciones y he hecho torturar a dos esclavas, que ellos llaman “siervas”, para arrancarles la verdad. Lo único que he podido constatar es que tienen una superstición excesiva y miserable. Así, suspendiendo todo interrogatorio, recurro a tu sabiduría.

La situación me ha parecido digna de un examen profundo, máxime teniendo en cuenta el número de los inculpados. Son una multitud de personas de todas las edades, de todos los sexos, de todas las condiciones. Esta superstición no ha infectado sólo las ciudades, sino que también los pueblos y los campos. Yo creo que será posible frenarla y reprimirla. Ya hay un hecho que está claro, y es que la muchedumbre comienza a volver a nuestros templos que antes estaban casi desiertos; los sacrificios solemnes, por largo tiempo interrumpidos, han retomado su curso. Creo que dentro de poco será fácil enmendar a la multitud.

De Trajano a Plinio el Joven:

Querido Plinio, tú has actuado muy bien en los procesos contra los cristianos. A este respecto no será posible establecer normas fijas. Ellos no deberán ser perseguidos, pero deberán ser castigados en caso de ser denunciados. En cualquier caso, si el acusado declara que deja de ser cristiano y lo prueba por la vía de los hechos, esto es, consciente en adorar a nuestros dioses, en ese caso debe ser perdonado. Por lo que respecta a las denuncias anónimas, estas no deben ser aceptadas por ningún motivo ya que ellas constituyen un detestable ejemplo: son cosas que no corresponden a nuestro siglo.